El sonido de la aguja es inconfundible, la sensación de la inyección indescriptible. Llegue a este punto entre el ruido de copas que tintineaban y risas lejanas de mis acompañantes de mesa, una noche en una cena.
Me prometieron felicidad liquida, y así fue. Ambrosía absoluta. Tanto que ya no soy feliz sin ella. Tanto que estoy enferma. Alivio del alma, quita penas.
Me llaman morfinómana, y no me importa. Lo sé. Lo soy. Pero no puedo evitarlo, no quiero evitarlo.
Busco mi jeringuilla especialmente encargada al joyero, de plata. Y me inyecto.
Estoy sola, tirada en la cama. Colocada, embriaga, cansada.... tan cansada... que mi sangre ya no corre por mis venas.

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