Manché mis manos de tinta
por escribirte versos.
Confundí mi tacto con el del papel
por hacerte poesía.
Dejé mis ojos a la luz de las velas
por contemplar tu belleza.
Pero recibí tu indiferencia.
Que se clavo como un puñal
de hierro candente,
en lo más hondo y profundo de este ser
y este corazón.
Murió el color y la alegría.
Murió el amor y la esperanza.
Encontraste otros brazos que no supieron
ser primavera, si no invierno.
Frío y cruel.
Encontraste otros ojos que eran puñales
de reproches.
Y fuiste muriendo un poquito cada día,
como una flor de invernadero descuidada.
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