La Muerte

Es una mañana fría.
Es un instante.
Es un misterio.
Aguarda silenciosa, sigilosa,
camina despacio porque sabe que siempre llega a tiempo.
Es tu alma escapando por los dedos, sin saber dónde irá.
Sin saber si hay un más allá o un más acá.
La muerte es una putada.
Es tierra cruda y fría de campo santo.
Lapida llena de polvo y liquen.
Lagrima que titila, del rostro amado
A la soledad fría de ausencia.
Al silencio pasmoso.
Muerte innegociable.
Acechante.
Intangible.
Innegable.
Insoportable.
Muerte sin cuidado, sin importar raza, sexo o edad.
Igualdad indiscutible.
Inescrutable.
Inapelable es la muerte.
Apenas un suspiro rebosante de vida… la que se lleva.
Conquista credos y religiones.
Infinita.
Pozo de sueños e ilusiones, de todo aquello que irremediablemente no será.
No podrá ser.
Incuestionable.
Cercena precisa cada pequeño mundo que es la vida humana.
Y sin embargo, con todo, la muerte porta una enorme lección:
La vida merece ser vivida.
Intensamente


(Imagen: El Ángel de la Muerte, Horace Vernet, 1851)

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